Está lloviendo, lloviendo.
Es charla de río.
Aguas de marzo.
Es el fin del cansancio.
Cada amanecer trae una promesa discreta.
Como la humedad que trepa por las paredes o el murmullo de una conversación que nunca termina de apagarse: una promesa se filtra.
Entrar en la obra de Marcela Motta es encontrar un pasaje suspendido en el tiempo. Un territorio que juega entre lo doméstico y lo existencial, donde la luz cae suave sobre los cuerpos y nada parece urgente.
Escenas sin apuro como si el mundo hubiera decidido demorarse.
Hay en estas piezas una porteñidad íntima: zaguanes, habitaciones estrechas, cocinas, sillones gastados. Espacios que sabemos reconocer y que resguardan una teatralidad mínima. Las figuras no actúan para nosotros; simplemente están. Piensan. Esperan. Sostienen una conversación interior que apenas intuimos.
Algo en esta atmósfera recuerda ciertas derivas cortazarianas: lo cotidiano atravesado por una leve extrañeza, el absurdo que no se declara y la sensación de que algo está por suceder, o ya ocurrió.
Los cuerpos femeninos que habitan estas obras no están idealizados ni son monumentales. Se presentan cansados, vulnerables, a veces despojados.
En la bañera, en la siesta, en la sobremesa o en la charla muda, el cuerpo se convierte en territorio de pensamiento de intimidad sin espectáculo.
Como una mañana de Marzo, desarma los límites entre lo público y privado.
Los retratos, con sus miradas amplias y levemente desplazadas, sostienen una intensidad expresiva que roza lo onírico. Los rostros parecen atravesados por una pregunta más que por una certeza. Viajan con ella.
Una profundidad contemporánea vibra en estas pinturas: sin ofrecer respuestas ni moralejas. Marcela Motta no dramatiza el conflicto, lo habita. Se mueve en esa zona donde la experiencia privada se vuelve reflejo colectivo.
La invitación es a demorarnos a permanecer, aceptando la pausa y escuchando la charla del río interior que no cesa.
Como en las aguas de marzo, algo termina y algo comienza. El cansancio no desaparece: se transforma. Y en esa transformación, mínima y persistente, la pintura encuentra su respiración.